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Implicaciones en la educación afectivo-sexual

Prof. Dr. Aquilino Polaino Lorente
Catedrático de Psicopatología. Facultad de Medicina.
Universidad CEU-San Pablo

Algunas claves en el comportamiento sexual desorientado

Son varias las actitudes y los factores que influyen en la confusión acerca de la identidad sexual. En las líneas que siguen se refieren algunas de ellas, sin que sean exhaustivas ni sistemáticas, y sin que el orden en que aparecen indiquen prioridad alguna.

• La excesiva exposición del niño a la afectividad femenina: una causa que quizá pueda haberse mitificado, pero que a su vez responde a una realidad. Quedan incluidas en este ámbito actitudes como la excesiva complicidad madre-hijo; el amor posesivo y absorbente de la madre por el hijo; y la sobreprotección materna hacia el hijo, sustituyéndole en lo que él es perfectamente capaz de hacer y, por tanto, impidiendo su crecimiento y anulándolo como persona. Estas actitudes suscitan en el hijo afectos que se encuentran en la misma “longitud de onda” que el movimiento afectivo de la madre (empatía) y originan una intensa comunicación, a nivel afectivo, entre ellos. Esta especial comunicación tiende a la identificación y confusión entre sus personas, ya que el amor identifica a las personas. Si a ello se añade una ausencia de comunicación afectiva con el padre, cuya relación el niño interpreta como humillación, falta de amor o rechazo, se estará impidiendo su correcto desarrollo afectivo, ya que no habrá conocido la “naturalización” de la afectividad entre personas del mismo sexo. Así, en la “cultura tierna” en que vivimos, es frecuente encontrar a niños de 9 o 10 años que buscan un excesivo contacto físico con la madre y, sin embargo, carecen totalmente de dicho contacto en su relación con el padre. Por lo que se refiere al aspecto “cognitivo”, ideologías como las contenidas en la asignatura de EPC (que plantean el género como una opción a elegir, una “opción a la carta”), no favorecen sino que distorsionan dicho desarrollo.

Es probable que el niño que no vive las primeras experiencias sexuales a la misma edad que los demás niños de su entorno acabe evitando todo contacto con ellos, se cierre a la socialización y comience a dudar de su propia identidad sexual. Esas dudas hoy día se ven reforzadas, además, por otros aspectos como el acceso a la pornografía a través de Internet, los modelos explícitos e implícitos confusos de la conducta sexual humana, etc.

• El narcisismo que origina la inseguridad suscitada en el niño por el sentimiento de no haber sido relevante ni valioso para el padre y, como consecuencia, el deseo de quedar bien socialmente y de satisfacer las expectativas que imagina que los demás tienen acerca de su persona. Esto lleva al niño a no actuar “in recto” y a perder espontaneidad, hasta el punto de que su comportamiento puede acabar dependiendo de los espectadores con que cuente en cada contexto, convirtiéndose de alguna manera en un “actor”-“simulador” diferente a su forma de ser y al modo en que conduce el desarrollo de su personalidad.

• Las experiencias sexuales tempranas. Cuando el despertar a la vida no va acompañado de la necesaria orientación por parte de los padres, el niño busca satisfacer su curiosidad por otros medios, como puede ser el de la exploración del propio cuerpo. En caso de obtener placer mediante caricias y tocamientos vinculados a ciertas fantasías, acabará reformulando o “reformateando” el estilo propio de su comportamiento sexual. De otra parte, hay casos en que puede haberse dado un abuso de la infancia en el ámbito de la sexualidad, que en un 90% sólo sale a la luz cuando ya ha transcurrido mucho tiempo, sin que el daño haya quedado resuelto. Si, además, el niño que ha sufrido el abuso, ha experimentado cierto placer en alguna ocasión, esta experiencia genera en él un sentimiento de culpa por no haber sabido rebelarse en ese momento, o bien por haberse dejado seducir, tocar o violar.

• Ciertas cogniciones y dudas acerca de la identidad sexual. Nadie nace con un modelo claro de cómo ser varón o mujer. Si el niño presenta preferencias distintas a las del resto de sus compañeros (en el tema del deporte, por ejemplo), tanto para evitar la exclusión como para quedar bien, para “dar la talla”, intentará satisfacer las expectativas de los demás de acuerdo con el modelo cultural de masculinidad imperante, que no siempre tiene por qué ser correcto. A la hora de “etiquetar” a los demás, los niños presentan una tendencia general a confundir la persona con sus sentimientos (“yo soy lo que siento”) o a reducirla a lo que hace (“yo soy lo que hago”). Es probable que el niño que no vive las primeras experiencias sexuales a la misma edad que los demás niños de su entorno acabe evitando todo contacto con ellos, se cierre a la socialización y comience a dudar de su propia identidad sexual. Esas dudas hoy día se ven reforzadas, además, por otros aspectos como el acceso a la pornografía a través de Internet, los modelos explícitos e implícitos confusos de la conducta sexual humana, etc.

• Las personas hipersensibles cuya afición a la estética (poesía, arte, etc.) no responde a un modelo cultural de masculinidad, que se transmite de generación en generación sin ningún espíritu crítico. Variables de la personalidad como la escasa afición a los deportes o la evitación de los conflictos y la agresividad suelen considerarse manifestaciones que pueden inducir el inicio de un problema de identidad sexual.

• El refugio en las redes femeninas. Cuando la afectividad del niño se encuentra en la misma “longitud de onda” que la afectividad femenina, y falta el aprendizaje de la afectividad natural en el trato entre personas del mismo sexo, es probable que ese niño acabe sintiéndose más cómodo compartiendo su tiempo con amigas que con amigos. Es posible también que ese contacto habitual con “lo femenino” le conduzca a hablar con voz de chica o a hacer gestos femeninos, lo cual le excluirá del grupo de referencia masculina, del que a su vez él mismo ha ido evitando. Pero tampoco el grupo de referencia identitario con el que convive –su grupo de amigas- es un grupo de referencia para su identidad sexual, y ni siquiera es el núcleo de pertenencia respecto de su identidad sexual.

• Las situaciones de ansiedad, frustración y aburrimiento, y éxito, contribuyen a que el joven, el adolescente o el niño busquen compensaciones. En estos casos habrá que procurar, por ejemplo, que el niño no se aburra animándole a hacer algo que le entretenga o le distraiga; o bien habrá que ayudarle a superar sus frustraciones. De otra parte, en las situaciones de éxito en las que éste no se comparte con los demás, es posible que se busquen también ciertas compensaciones.

• La aceptación del propio cuerpo. En otros tiempos, socialmente era la mujer la que quería ser deseada y el hombre el que deseaba. En la actualidad el hombre ha sufrido una relativa feminización (cirugía estética, depilación, gimnasio, etc.), y la mujer una cierta masculinización. Desde el momento en que el hombre desea y la mujer, a su vez, se ha convertido en animal deseante, los ensamblajes culturales y el encuentro entre ellos dejan de encajar.


Si a esto se añaden las comparaciones injustas que con tanta facilidad hacen los adultos, los sentimientos de inferioridad, el aislamiento y una infancia que no fue feliz, habremos reunido toda una constelación de claves que impiden el correcto desarrollo afectivo del niño.

En todos los aspectos reseñados, así como en la educación llamada “afectivo-sexual”, la figura del padre (en el caso del niño) y la figura de la madre (en el caso de la niña) son capitales, y las relaciones de apego padre-hijo y madre-hija absolutamente sustantivas e imprescindibles.


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