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Rubén Darío, ¿Dichoso el árbol que es apenas sensitivo?

Su vida y obra literaria nos ayudan a comprender que no sirve cualquier senda para llegar a la felicidad y, sobre todo, si es contraria al fin y al destino del ser humano

ALGUNA CLAVE PARA SALIR DE ESTE ATOLLADERO

Alguna clave para salir de este atolladero

LA DULZURA DEL ANGELUS


La dulzura del ángelus matinal y divino
que diluyen ingenuas campanas provinciales,
en un aire inocente a fuerza de rosales,
de plegaria, de ensueño de virgen y de trino


de ruiseñor, opuesto todo al rudo destino
que no cree en Dios... El áureo ovillo vespertino
que la tarde devana tras opacos cristales
por tejer la inconsútil tela de nuestros males,


todos hechos de carne y aromados de vino...
y esta atroz amargura de no gustar de nada,
de no saber adónde dirigir nuestra prora,


mientras el pobre esquife en la noche cerrada
va en las hostiles olas huérfano de la aurora...
(¡Oh süaves campanas entre la madrugada!)


Cuántos poetas modernos pueden con su obra dar claves de interpretación sobre la compleja realidad contemporánea. Rubén Darío es una lección impagable, tanto en su vida como en su obra literaria. Nos ayuda a comprender que no sirve cualquier senda para llegar a la felicidad, y sobre todo si es contraria al fin y al destino del ser humano.

En este poema, un soneto en el más puro canon modernista, con cuartetos y tercetos en versos alejandrinos rimados con la libertad creadora del estilo, se nos exalta en primer plano la nostalgia de un mundo anterior, aquel en que la vida candorosa y sencilla del mundo de la aldea, se convierte en modo de vivir ideal, antitético del vacío, ajetreado y laberíntico estilo de la ciudad moderna.

¿Ha conocido Rubén la vida social de la ciudad cristiano-medieval, aunque inmersa en la ciudad moderna? ¿Aquella que rezaba y trabajaba y aún se sabía heredera de una sociedad en que ser comunidad era su nota más lograda?

Sí, como la he conocido yo y supongo que todos las gentes de mi generación. Nosotros todavía pudimos ser testigos de una ciudad en que la gente tenía, a flor de piel y en sus entrañas, la experiencia religiosa no como ceremonia sino como realidad hecha vida.

Mis padres, campesinos de la Ribera de Navarra, vivieron su religiosidad con absoluta verdad. Como tantas gentes de aquellos tiempos, detenían sus faenas, en las labores de casa o en medio del campo, para rezar el ángelus o detenían cabalgaduras y carruajes para rezar por las ánimas del purgatorio cuando se cruzaban con las capillitas diseminadas por los campos. En una de ellas, un pilar de ladrillos viejos remataba, en la parte superior, en una hornacina. En su fondo estaba inscrito en antigua cerámica: “La vida es un corto instante. Caminante que caminas. Si lo piensas un instante, no pasarás adelante, sin rezar un padrenuestro”. Tampoco descuidaban la limosna a los pobres. Todos los viernes venían mendigos conocidos, en grupo, y en todas las casas recibían dinero o colación. Ellos correspondían rezando por los difuntos de la familia.

Las campanas acompañaban la vida desde el amanecer a la caída de la tarde. De noche era la voz de las sorpresas y de las novedades. La jornada entera se veía acompasada por la voz de sus campanas. Todo el año estaba inmerso en el calendario litúrgico.

La dulzura del ángelus matinal

A pesar de haber transcurrido tantos siglos y haber pasado a su lado tantos movimientos culturales y tantos acontecimientos históricos, nuestros pueblos seguían conservando restos de la plenitud medieval. Uno de los más evidentes era el rezo del ángelus que se popularizó por toda Europa en los siglos XII y XIII. Es en aquel momento histórico cuando se difunde por toda la cristiandad el Ángelus, no como rezo litúrgico, sino como oración que se eleva de entre las faenas de la ciudad. La ciudad era también “ora et labora”.

Temáticamente el poema es una contraposición entre la placidez que le evocan al poeta las campanas del ángelus y su desazonada angustia por una existencia sin sentido, cercada, además, por mil amenazas. Los elementos que selecciona el poeta para expresar el mundo inocente que evocan las campanas no puede ser más candoroso y delicado: rosales, plegarias, ensueños de virgen y trinos de ruiseñor, igual que la dulzura del ángelus matinal y divino.

El ritmo suave del primer cuarteto se rompe en el segundo mediante esos encabalgamientos abruptos que intensifican la desazón en que se encuentra el poeta. Un fuerte aldabonazo temático; rudo destino que no cree en Dios. La antítesis se ha hecho presente. Tres conjuntos metafóricos vertebran esta segunda parte, que se convierten en alegorías (metáforas continuadas) y en símbolos: el tiempo “áureo ovillo vespertino que la tarde devana” (los últimos resplandores de la madeja del día, se recogen, tras opacos cristales, en el ovillo de una vida que se acerca a su fin); la acción de tejer: “por tejer la inconsútil tela de nuestros males, todos hechos de carne y aromados de vino... y esta atroz amargura de no gustar de nada,” y, en tercer lugar, la pequeña barca de nuestra vida, el esquife con su proa sin rumbo, en la noche cerrada en medio del oleaje hostil.

A mí, de manera profunda, me conmueven las imágenes de la amanecida. No dice lo mismo “aurora” que “madrugada”. Los que se han apartado del viejo camino, no pueden tener ni esperanza ni aurora. Y las “madrugadas” se convierten en desazonantes amaneceres de resaca y remordimiento, para volver a repetir en el día los remordimientos y sinsentidos de siempre.

¿Quién podrá devolver a la Humanidad la esperanza y el gozo de la aurora? ¿Unas campanas que anuncian en la amanecida el rezo del ángelus? ¿Una visión nostálgica de un pasado religioso idealizado? La máxima fuerza expresiva la encuentro en la metáfora “huérfano de la aurora”. El ser humano contemporáneo se ha quedado sin padre ni madre que le dé credibilidad a la aurora. Se ha quedado sin esperanza.

El último verso abre las puertas para salir del callejón sin salida. En medio de la total desolación y desamparo unas suaves campanas (con la diéresis intensificadora de la suavidad misma) en la inquietud de las madrugadas señalan el portillo que da sentido a la vida. ¿Tendrá que volver la humanidad a una religiosidad que sea el fundamento de nuestra existencia? ¿Será íntima, verdadera, auténtica, social, comprometida, comunitaria y trascendente, o sea, reino de paz y justicia, reino de vida y amor con un compromiso colectivo verdadero, que presagiaron un día el ángelus y sus campanadas? Yo lo sigo con entusiasmo esperando.

Alguna clave para salir de este atolladero

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