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El auténtico desarrollo humano

A LA LUZ DE LA DOCTRINA SOCIAL CRISTIANA

Andrés Jiménez Abad

5. El respeto a la naturaleza creada. La cuestión ecológica.

El medio ambiente, constituido por un entramado de relaciones que hace posible nuestra vida, es también parte de nuestra vida, no un mero escenario o “entorno”. Atentar contra él es atentar contra la casa común de los seres humanos, contra los propios seres humanos. La crisis ecológica es un aspecto de la crisis de lo humano, consecuencia del profundo deterioro al que el ser humano se ha sometido a sí mismo. Es un aspecto de la desertización moral de nuestro tiempo.

El carácter moral del desarrollo no puede prescindir del respeto por los seres que constituyen la naturaleza en la que vivimos. Es preciso tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión dentro de un cosmos, la limitación de los recursos naturales que no deben ser dominados de forma absoluta y explotadora, y la calidad humana de las relaciones y de los ámbitos en los que se desarrolla la vida de las personas y de las familias.

No se trata de renegar del progreso, del bienestar, de la técnica o del saber, sino de orientarlos hacia el verdadero bien del hombre y el cuidado de la creación, morada común de toda la humanidad presente y futura.

En la raíz de la destrucción del ambiente natural hay un error antropológico. El hombre se siente creador del mundo por medio de su inteligencia, de su voluntad y de su trabajo, y olvida en muchas ocasiones que todas las cosas proceden de la donación divina. Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra suplantando a Dios, provocando así la rebelión de una naturaleza que se vuelve contra los hombres, y se mueve por el deseo de poseer las cosas en lugar de referirlas a la verdad. Carece de la actitud desinteresada, gratuita y estética que nace del asombro por el ser y por la belleza que permite leer en las cosas visibles la presencia del Autor invisible que las ha creado y las sostiene. Resulta difícil aceptar en estas condiciones que la creación es el lugar cotidiano del encuentro entre el hombre y Dios.

La racionalidad tecnocrática y el economicismo que se han ido imponiendo en los últimos tres siglos han llevado a un serio deterioro de las relaciones entre los hombres y de las relaciones del ser humano con el medio natural; y también a una conciencia “prometeica” de la propia condición humana. El prometeísmo muestra a un ser humano que conquista su autosuficiencia por medio de su actividad, de forma que cree deberse sólo a su propio esfuerzo y se tiene a sí mismo como fin. Dios aparece como el obstáculo para la autoafirmación humana. El mundo e incluso las demás personas se convierten desde esta óptica en simples medios y objetos de intercambio y consumo, cuyo dominio y explotación llevarían a un progreso ilimitado. Pero la tierra, patrimonio común de la humanidad, aunque pueda alimentar la necesidad de todos los hombres, no puede saciar su codicia.

Si falta el sentido del valor de la persona y de la vida humanas aumenta la falta de interés por los demás y por la tierra. La austeridad, la generosidad, la templanza y el espíritu de sacrificio deben conformar la vida cotidiana para que la negligencia de unos se vea compensada por la aportación de los otros.

La responsabilidad ante el medio ambiente lo es ante las personas en el fondo, y no puede basarse en una veleidad indefinida. La naturaleza, como conjunto de los seres que forman el planeta y de sus relaciones inmanentes, no basta como referente absoluto de moralidad. Es preciso advertir que la naturaleza es también el modo constitutivo de ser que toda criatura posee en virtud del acto creador, y que la fuente última de todo valor y deber moral es Dios. El mejor espejo de su Voluntad es el reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano.

Pero, como ya hemos advertido, además del ambiente natural, también el ambiente humano se halla amenazado por un falso modo de entender el desarrollo y el progreso. Es preciso salvaguardar las condiciones morales de una “ecología humana”. Los daños al medio ambiente son consecuencia de la esterilización del corazón humano, de su desertización. También el hombre, no sólo la naturaleza, es un don de Dios para el propio hombre, y por lo tanto debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado. El ser humano recibe de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad de trascender todo ordenamiento social hacia la verdad y hacia el bien, creando ámbitos de convivencia humana. Estos ámbitos pueden acoger estructuras de pecado y de elevación.

Una estructura de convivencia con grandes virtualidades humanizadoras es la familia, basada en el amor recíproco y estable entre un hombre y una mujer y abierta a la generación de nuevas vidas por medio de su donación recíproca y conjunta. En la familia reciben los seres humanos las primeras nociones sobre la verdad, el bien y la belleza, aprenden a amar a recibir amor por sí mismos, aprenden lo que es ser personas y a crecer como tales.

No se trata de renegar del progreso, del bienestar, de la técnica o del saber, sino de orientarlos hacia el verdadero bien del hombre y el cuidado de la creación, morada común de toda la humanidad presente y futura.

“Quienes creen en el Dios Creador y, por lo tanto, están convencidos de que en el mundo existe un orden definido y orientado a un fin, deben sentirse llamados a interesarse por este problema. Los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de su fe... El respeto por la vida y por la dignidad de la persona humana incluye también el respeto y el cuidado de la creación, que está llamada a unirse al hombre para glorificar a Dios.” (Juan Pablo II, Mensaje Jornada Mundial de la Paz, 8. 12. 1989)


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