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Neurociencia y libertad

UNA APROXIMACIÓN INTERDISCIPLINAR

José M. GIMÉNEZ-AMAYA (Facultad de Medicina UAM) y
José I. MURILLO (Facultad de Filosofía y Letras Universidad de Navarra)


5. CONCLUSIONES Y CONSIDERACIONES FINALES


La Escuela de Atenas, Rafael Sanzio (1509-1510)

Las consideraciones anteriores parecen suficientes para mostrar que la Neurociencia no tiene la última palabra a la hora de explicar el actuar libre del ser humano porque ni siquiera ha sido capaz de señalar cómo funciona nuestro cerebro en su conjunto y de manera unitaria en el procesamiento cognitivo, emocional y de memoria y en la autoconciencia. Iniciábamos nuestra contribución indicando que la ciencia experimental moderna está sujeta a una especie de «esquizofrenia». Y que esto se veía con nitidez en nuestro tema. La creencia en que el cerebro es el núcleo de nuestro ser y, por supuesto, la sede de nuestra propia libertad, parece claramente contrapuesta a nuestra creencia en la existencia de la responsabilidad personal.

¿Por qué esta discordancia? Es, sin duda, uno de los frutos de la modernidad, que ha entronizado la ciencia empírica como única fuente de verdad, desdeñando, al mismo tiempo, otros métodos capaces de abordar, de modo racional y sin disolverlas en mecanismos anónimos, las dimensiones espirituales de la realidad.

Uno de los pasajes más memorables de la historia de la Filosofía es la discusión entre Sócrates y un joven llamado Polo en el Gorgias de Platón (PLATÓN, Diálogos II, Gredos, Madrid 1983, 45-77). Éste último está convencido que nadie puede ser más envidiado que el tirano, porque sólo él puede hacer lo que le viene en gana. Sin embargo, sorprendentemente, Sócrates señala que el tirano no es en realidad poderoso, porque aunque hace lo que se le antoja no hace lo que realmente quiere. Y, como comenta muy acertadamente Rodríguez Duplá, a todos nos es conocida la experiencia de dejar de querer algo por haber descubierto cosas nuevas que antes se ignoraban: en otras palabras, podemos querer cosas que, de estar mejor informados, no querríamos de ninguna manera. Y esto es lo que en opinión de Sócrates le ocurre al tirano. El tirano es un pobre ignorante; y por eso quiere aparentemente lo que no quiere de verdad: en realidad no se da cuenta de que cometer una injusticia es lo peor que le puede ocurrir a un hombre. Todo ello es una monumental desgracia del infortunado tirano, que de haberlo sabido lo intentaría evitar a toda costa.

Nos encontramos, así, ante una visión de la libertad mucho más amplia y vigorosa que la que sostienen los reduccionismos neurobiológicos. La concepción exclusivamente cientificista del ser humano no sólo destierra a la esfera de la inexistencia a una parte de la realidad, sino que «más profundamente es un programa antropológico, necesariamente ligado a una determinada concepción de las relaciones recíprocas de las diversas esferas del ser. La afirmación de que el espíritu sólo es el producto de una evolución material y no la fuente de la materia corresponde a la concepción de que el ethos es producido por la economía y que la economía, en último término no depende de las decisiones fundamentales del hombre» [J. RATZINGER, Iglesia, Ecumenismo y Política, BAC, Madrid 2005, 227. «Si se analizan atentamente los fundamentos y las consecuencias de es- te aparentemente maravilloso alivio de la inseguridad humana, puede apreciarse que esta tranquilidad–“liberación” se basa en la renuncia al ethos, es decir, en la renuncia a la responsabilidad y a la libertad, en la renuncia a la conciencia. Precisamente por esto, esta especie de “reino” es una imagen rompecabezas con la que el anticristo se burla. Esta sociedad liberada presupone la completa tiranía». Aunque pueda parecer a simple vista que esta cita es una digresión respecto a nuestro tema, se presenta aquí porque para el autor citado es éste el verdadero fundamento del materialismo. Esta tesis se encuentra en el planteamiento de muchos neurocientíficos al explorar y explicar las funciones del cerebro humano. En este contexto de sesgar la realidad a favor de lo únicamente experimentable (en gran medida diríamos «tecnológicamente experimentable») este mismo autor señala en J. RATZINGER, El Camino Pascual, BAC, Madrid 2005, 183: «Conocer la vida no significa dominar una técnica cualquiera, sino superar los límites de la muerte».]. Libertad y responsabilidad son, a la postre, palabras vacías.

El Gorgiasplatónico también afirma la importancia de la Filosofía para conocer ese «querer fundamental» cuya ignorancia atenaza al tirano. De esta manera, la fuerza de las palabras del maestro griego permite ver que sólo la Filosofía enseña al hombre a querer lo que de verdad tiene que querer. La Filosofía rectamente ejercida reconcilia al ser humano consigo mismo: hace que conozca mejor y, consecuentemente, que actúe de la forma más adecuada. Por eso la interdisciplinaridad entre Neurociencia y Filosofía es uno de los grandes retos de los estudios que pretenden conocer al hombre en su conjunto, de manera global.

Y es que, como señala el filósofo Leonardo Polo, nuestro núcleo personal es la libertad. Y la persona es apertura irrestricta: hacia sí misma, lo que denominamos intimidad, y hacia lo que nos trasciende. Sólo podemos saber qué es ser libre siéndolo. No es algo yuxtapuesto, sino un constitutivo de nuestro ser y actuar. Somos libres porque somos. Y, por esa apertura irrestricta que somos, nuestra libertad, como ya indicó agudamente von Hildebrand, cobra carácter de colaboración, de cooperación.

Por tanto, para entender mejor la naturaleza de la libertad y su inserción en los procesos neurobiológicos hay que tener en cuenta otros puntos de vista, y, en particular, el de la Filosofía, entablando un auténtico diálogo interdisciplinar. Estas páginas apuntan a que la sola consideración biológica de esta característica tan humana es claramente insuficiente. La especialización e incomunicación de las disciplinas científicas lleva con frecuencia estos debates a callejones sin salida.

Pero el diálogo que se precisa no está exento de dificultades. Al entablarlo conviene tener en cuenta lo que afirma Alasdair MacIntyre sobre los debates morales de nuestro tiempo: que se encuentran en una situación de lamentable desorden, porque quienes lo entablan parten de premisas radicalmente diferentes, que hacen casi imposible el dialogo. El buen trabajo interdisciplinar, por el contrario, aporta coherencia, orden y rigor a las cuestiones que se tratan y potencia nuestra capacidad de detectar y resolver los problemas.


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