Abilio de Gregorio
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Sólo quiero que mis hijos sean felices

4.- Felicidad y dolor

Cita Frankl esta penetrante sentencia de Hebbel: “La vida no es algo, sino que es siempre, simplemente, la ocasión para algo”. Ciertamente, el específico tejido de la vida de cada uno se hace en ese vaivén del yo a la realidad y de la realidad al yo. Mi vida se logra o se malogra dependiendo de cómo me relaciono con la específica e irrepetible realidad que me ha tocado vivir. En el “gran teatro del mundo”, dice uno de los mensajes capitales de Calderón, no importa el papel que te ha tocado representar, sino cómo lo representas. Nadie es responsable de haber nacido en un momento determinado de la historia, en una determinada familia, en una determinada cultura, con unas determinadas capacidades y limitaciones, etc. La rebelión contra esas circunstancias inevitables puede dar lugar a bellas expresiones literarias de la tragedia, pero, además de ser inútiles, son pocos higiénicas desde el punto de vista mental. De lo que sí somos responsables es de para qué convertimos en ocasión esas circunstancias: cómo nos relacionamos con ellas. Así, pues, cuando hablamos de “vida lograda”, hontanar del que mana la felicidad, estamos hablando de la vida concreta de cada uno en su integridad, puzzle completo que comprende placeres y dolores, alegrías y tristezas, éxitos y fracasos, etc. Querer prescindir de algunas piezas es renunciar a dar significado –sentido- al conjunto.

Se trata, pues, como hemos venido insistiendo, de dar sentido a toda realidad. ¿También al dolor? Quizás aquí esté una de las llaves de la vida buena o vida lograda, entendida no solamente como vida larga, ni como vida ancha sólo, sino como vida profunda o como vida con volumen. En esa interacción con la realidad, el ser humano puede poner algo de sí sobre la misma, bien creando algo nuevo, bien transformándola, dominándola, etc. Se siente autotrascendiendo a esa realidad y, por lo tanto, realizándose. Pero también puede sentir toda esa corriente de humanización en la contemplación y en la admiración de la realidad. Situarse ante la realidad con esa actitud contemplativa es dotarla de calidad humana. La rosa en tanto que objeto no es ni bella ni fea. Adquiere belleza al ser contemplada, admirada y acogida por un ser humano. También desde la contemplación se puede, pues, experimentar una vida lograda. En cierta manera, contemplar también es poner algo de sí sobre la realidad.

Otro tanto sucede con el dolor y el sufrimiento. Ante él, se puede salir corriendo y regatearlo con mayor o menor habilidad. Al final el dolor siempre se cobra sus atrasos. Pero también puede ser dotado de sentido y contribuir a una vida lograda. Ernst Jünger, en su ensayo “Sobre el dolor”, diferencia el mundo cultural y heroico, del mundo de la sentimentalidad precisamente por su relación con el dolor: “Mientras que en este último mundo lo que importa es expulsar el dolor y excluirlo de la vida, de lo que se trata en el mundo heroico y en el cultural es de incluirlo en la vida y de disponer de ésta de tal manera que en todo tiempo se halle pertrechada para el encuentro con el dolor”.

Solamente cuando se tiene capacidad de dotar de sentido al dolor, éste puede contribuir a la vida lograda, toda vez que, al dotarlo de sentido, el hombre se autotrasciende, se pone por encima desde una instancia superior. Pero para poder asignar algún sentido al dolor, será necesario disponer de algún referente que esté más allá del dolor mismo. Parece claro que si el último referente de lectura de mi realidad es el valor del cuerpo, cuando sobreviene el dolor se está golpeando en el núcleo esencial de mi vida y, entonces, el dolor es intolerable. Si el maestro Eckhart puede decir que “la cabalgadura en que con más rapidez se consigue la perfección es el sufrimiento” es porque la perfección está concebida como algo más que la perfección del cuerpo. Supone siempre encontrar en el dolor, como en cualquier otra circunstancia de la vida, ocasión para algo. Puedo perder la vista y vivir el trance como una tragedia que arruina todas las expectativas de mi vida, o puedo vivirlo como una ocasión para descubrir otra forma de vivir, otra forma de “ver”, otra forma de sentir, otra forma de servir, etc. Puedo perder la movilidad de mi cuerpo y, encerrado en mí mismo, lamentar la inutilidad de una existencia desesperanzada y desesperada, o puedo convertirlo en ocasión para cultivar valores de contemplación y de comunicación que hasta ese momento me resultaban ajenos. Una sucia bolsa de plástico, una bota vieja abandonada, un bote deforme y oxidado son objetos propios de vertedero de basuras. La mirada de un artista, sin embargo, es capaz de darles sentido y estético y trasformarlos en obra de arte. “Odre de putrefacción”, “piltrafa que el tablajero arroja al perro del mendigo”, “excremento de can sarnoso”, “zapato sin suela en el carnero del camposanto”... son, sin duda, imágenes repelentes ante las cuales cualquiera volvería la cara al otra lado. En la pluma de Dámaso Alonso adquieren todas ellas sentido poético y trascienden hasta convertirse en plegaria.

Pero esta actitud se cultiva, se educa, a partir de las pequeñas adversidades que comienzan a aparecer desde edades tempranas. Enseñar a los hijos a experimentar la satisfacción de resistir las pequeñas incomodidades, la valentía de aguantar pequeños dolores, la fortaleza ante determinadas privaciones, es prepararlos para integrar el sufrimiento, cuando sobrevenga, en su perspectiva vital. Quizás la promesa de determinadas instancias de la ciencia de liberar al hombre del dolor y del sufrimiento, cosa que es imposible, puede haber jugado un papel significativo en la común persuasión de que hay un derecho a gozar del bienestar total, con lo que se ha contribuido a un exagerado consumo de euforizantes a edades cada vez más tempranas.

Pero una educación en esta dirección no se puede llevar a cabo como una simple disciplina estoica. Una vez más tendremos que recurrir al cultivo de valores capaces de dotar de respuestas de sentido a cada uno de los episodios que, como hilos de un gran tapiz, se entrecruzan en nuestra vida para configurar la irrepetible escena que hemos de tejer.


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